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| El 2 de julio de 1505, como volvía sólo de Manfeld a Erfurt, fue sorprendido por una tempestad de una violencia inacostumbrada. El rayo cayó tan cerca que creyó estar muerto. En éste peligro, invocó a Santa Ana, según la costumbre, y murmuró: "Si me ayudas, me haré monje." Voto irreflexivo, tal vez, pero sin duda no espontáneo. Otros incidentes habían precedido aquel movimiento del alma, incidentes que se conocen mal en el detalle, tanto que la leyenda haya bordado sobre ellos; pero su sentido no es dudoso: una grave enfermedad durante su adolescencia,
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la muerte súbita de un amigo, una herida que se había hecho con su espada de estudiante y que había sangrado mucho tiempo: todo aquello lo había confrontado a la gran evidencia que la juventud ignora, la de la muerte. A aquella revelación, el episodio de la tempestad había puesto su sello.
La naturaleza impresionable de Martín, su sensibilidad naturalmente viva habían reaccionado a aquel miedo de entrañas que el rayo había provocado en él.
Se había recordado de los buenos Hermanos de la Vida Común, de éste Principe de Anhalt que conoció en Magdeburgo con el hábito franciscano, de aquellos Cartujos que veía en Erfurt, tan renunciados a si mismos, a todos aquellos que le parecían haber encontrado en el porte del hábito la paz del corazón, la respuesta a la pregunta espantosa. Arrebatado por el terror, aquel voto? Si, pero no solamente por el motivo que ocasionó la tempestad. Nadie, ni familia, ni amigos pudieron retenerlo de ser fiel a su promesa. Quince días después del incidente del camino, fue a tocar a la puerta del convento de los Ermitaños de San Agustin.
En 1517, era monje, hasta considerable en su Orden, cuando puso sus tesis en la puerta de la Schlosskirche de Wittenberg , monje que no soñaba en absoluto en renegar de sus votos.
"Durante veinte años he sido un monje piadoso; he celebrado la misa cada día; me he agotado en ayunos y en oraciones." Definitivamente un monje, un buen monje. " No ciertamente sin pecado, pero sin grave reproche." Así se describió a si mismo; así lo dijeron testigos. Sacerdote en 1507, subió al altar por primera vez con un fervor mezclado de temor como conviene a quien va a tener en sus manos al Dios vivo. La teología lo apasionó más y más; Dun Scott, santo Thomas, Pedro de Ailly y Gerson, Guillermo de Ockham principalmente y los de su escuela como un Gabriel Biel entre otros; los leyó con voracidad, con la Biblia, San Agustín, los místicos de San Bernardo al Maestro Eckhart.
En 1508, bajo orden del sabio Staupitz, Vicario general para Alemania, a quién aquel brillante jóven interesaba, fue transferido a Wittenberg para enseñar la filosofía y obtener el título de bachiller en artes: en su orden, goza de un gran crédito.
Durante el invierno de 1510-1511, fue designado para ir a Roma, para someter a los superiores el debate que había entre los Agustinos de estricta y amplia observancia. La leyenda quiere que el espectáculo de la Ciudad Eterna haya provocado en la conciencia del jóven monje un escándalo tal que regresó decidido a emprender la Reforma. Aquella tésis es cómoda, pero todos los testimonios la infirman. En Roma, durante cuatro cortas semanas, Lutero se había comportado en peregrino piadoso, muy deseoso de ver la mayoría posible de iglesias, de ganar las indulgencias vinculadas con aquellas visitas, de subir de rodillas la "Scala Santa". "En buen hombre de santo loco" como decía. De la corte pontifical, había visto de sus ojos solamente lo que podía percibir un oscuro pequeño Frailuco alemán de paso. Había oído más de un chisme, sin que le haga al momento mucho efecto.Es solamente después, cuando fue condenado por la Iglesia Católica, que, regresando a sus recuerdos romanos, tenía que encontrar en ellos justificaciones a su actitud: en la capital de la cristiandad, no había podido descubrir a un confesor, por ser tan grande la ignorancia: había visto en San Sebastián a siete sacerdotes chapucear la misa en una hora en el mismo altar.
Había sido testigo de los modales desvergonzados de mujeres en la iglesia. Tal vez; pero aquel juicio severo, lo iba a llevar veinticinco años más tarde, mucho después.
De regreso a Alemania, fue afectado al convento de Wittenberg y el año siguiente, promovido doctor en teología, se vió confiar la cátedra de Escritura Santa en la Universidad. Sus cursos habían conocido un gran éxito: sobre los Salmos, sobre las epistolas de San Pablo; predicador también, se hizo querer de sus auditorios. Su superior lo tenía en muy alta estima; lo nombró "vicario de distrito" o sea provincial, teniendo jurisdicción sobre once casas de la orden; llegó hasta decirle: "Es Cristo quién habla por su boca." La importancia de Lutero y su prestigio hacían más grave todavía el gesto que acababa de cumplir el día de Todos los Santos 1517, elevandose en contra de los predicadores de indulgencias. ¿ Pero porque lo hizó?
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