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El drama de una alma.

 

Para entender, hay que tratar de penetrar en aquella alma, de alcanzar aquellas zonas oscuras, llenas de amenazas dónde cada ser humano digno de ese nombre, en la contradicción y el sufrimiento, busca dar un sentido a su propio destino. Por ser muy posterior el testimonio que daba él mismo sobre el drama de su juventud, algunos lo trataron de fábula: Lutero, envejecido, para vincular su rebelión a orígenes profundamente nobles y místicos, hubiera inventado el escenario de un debate digno de Pascal. Pero bastaba leer honestamente los textos de los años decisivos, su comentario, por ejemplo, de la epístola a los Romanos, para concluir que algunas posiciones han sido tomadas por el autor en conclusión de un esfuerzo doloroso y secreto para contestar a los más graves problemas.

Es traicionar la verdad histórica y sicológica que de no admitir que Lutero fue, profundamente, uno de aquellos hombres para quienes vivir y creer son cosas serias, un combatante de las grandes luchas espirituales. En lo más íntimo de si mismo, el monje agustino que parecía hacer tan brillante carrera, estaba torturado por aquella preocupación religiosa que es menos difícil de sentir que de definir.

Lutero quemando el edicto de su condena.

 

En el convento dónde entró esperando tener la seguridad, no la había encontrado. Era hijo de su tiempo, de su tierra, de aquella Alemania dónde la lucha del hombre contra los poderes nocturnos se traduce en leyendas infernales o sublimes, de aquel cristianismo en crisis dónde los sermones y las danzas macabres imponían a la conciencia la obsesión de los fines últimos.

No le bastó tomar el hábito de los ermitaños para liberarse de aquellos fantasmas. " Conozco a un hombre, decía en 1518, que asegura haber pasado por transes tan intensos que ningún lenguaje podría describirlos: aquel que no hizo esa experiencia no los podría comprender. Es a tal punto que si se tuviera que soportarlos hasta el fin, que sea la decima parte de una hora, sería de perecer completamente, hasta con los huesos reducidos a cenizas."

Una angustia terrible, tal fue su lote, y su amigo Melanchton dice que durante toda su vida monástica, no se pudo liberar de ella. "Mi corazón sangraba, diciendo el Canon de la misa" reconoce Lutero, hablando de sus años de jóven sacerdote. Son palabras que no se pueden oír sin emoción.

¿De dónde le sucedía aquella angustia? Algunos le han atribuido como causa la neurosis, una heredad pesada, sobre la cual faltan los documentos, de todo modo. Pero lo que aparece en plena evidencia a quien lee sus propias confesiones, es que Lutero, mucho más que un enfermo, era un ser a quien se imponía, en toda su intensidad, el sentimiento trágico del pecado. ¿Cual pecado? Es miserable reducirlo al de la carne. Lutero, monje presa de secretas lujurias, familiar de la "delectatio morosa", incapaz de vencer en si mismo la bestia, rebelándose en contra de las disciplinas eclesiáticas para, al fin, ceder a su inclinación: si aquella imagen fuera cierta, su acción fundada sobre motivos tan lastimosos, ¿hubiera sido tan grande y la Iglesia hubiera sufrido tanto por él? De todo modo, él mismo ha afirmado muchas veces, en términos categoricos, que las peores tentaciones son otras que carnales: "los pensamientos horrorosos, el odio de Dios, la blasfemia, la desesperación, esas son las grandes tentaciones."

La concupicencia que tenía que vencer no era, de primeras, la que tira el macho hacia la hembra, pero aquella apetencia irresistible que, por el espíritu como por la carne, empuja al hombre hacía todo lo que es terrestre, evidente, humano, para decirlo todo, y lo desvía de lo invisible y de lo divino.

En el convento, había esperado liberarse de sus monstruos. Alma mística,soñaba de una presencia cálida y consoladora, que lo protegería de lo malo y de si mismo. No descubrió en aquellas prácticas a las cuáles se había obligado, nada que le diera aquella confortación.

 

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