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¿Porque? ¿era carencia de humildad verdadera? ¿Insuficiencia del espíritu de oración? Sólo Dios podría decirlo, habiendo juzgado aquella alma. En todo caso, un obstáculo estaba presente que le impedía de correr, como el hijo pródigo, echarse en los brazos del Padre. Cada vez que el menor pensamiento de impureza, de violencia, de duda lo atravesaban, se creía condenado. Ninguna oración, ninguna ascesis, ni la confesión cotidiana lograban a arrancarlo de aquella obsesión del infierno, siempre presente, siempre amenazando de cacharlo. "Hacía penitencia, decía, pero la desesperación no me dejaba." El obstáculo que le atrancaba el camino de la paz y del amor era el concepto que se hacía de Dios, la imagen, que ,aseguraba, le habían mostrado, en los conventos. " Nos paledecíamos al oír el nombre de Jesús, por habernoslo representado siempre como un juez severo, irritado en contra nuestra."
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¿Era por miedo de aquel maestro armado de un palo, de aquel verdugo, que había que extenuarse en ayunos, mortificaciones, en oraciones? ¿Y porque? ¿por no haber tenido la seguridad de ablandar su cólera? "Cuando harás suficientemente para obtener que Dios sea clemente? " se preguntaba con angustia. En aquel siglo de miserias, el mensaje de amor del Hijo del hombre parecía estéril: quedaba sólo una doctrina atroz, la del castigo ineluctable infligido por un justiciero inflexible. Ha sido fácil para los críticos católicos de mostrar que aquella doctrina nunca fue la de la Iglesia. El Padre Denifle, en un volúmen de 378 página, ha perentoriamente probado que la "justicia de Dios", que Lutero había encontrado como la realidad espiritual suprema, en un pasaje célebre de la epístola a los Romanos (1, 17) nunca significó la sóla "justicia puniens" la cólera divina castigando |
Murillo: el hijo pródigo. | |
las culpas del hombre, pero mucho más la gracia justificante, la misericordia todopoderosa que Dios prodiga a los que creen en El y se someten a sus mandamientos. Hasta pudieron mostrar asombro frente a la incompresión que tal interpretación revela del pensamiento verdadero de autores que Lutero había leído bien, San Agustín por ejemplo o San Bernardo. Pero, para explicar el drama del alma de un jóven monje agustino, basta admitir que aquella doctrina, erronea, la tenía valable como la que sus maestros le habían enseñado. Tal podía ser el resultado de una formation teológica mediocre, hecha en la escuela de aquellos escolásticos mediocres que ocupaban las cátedras de universidad. Además, había en la enseñanza en curso, de que empujar a una alma inquieta sobre su declive. A Lutero, obsesionado por el deseo de aplacar al Dios terrible y que no sentía el menor alivio por el hecho de sus oraciones y mortificaciones, una doctrina suministraba una clase de respuesta: el nominalismo de Ockham, en el cual había sido formado como ya lo vimos. En los libros de ésta tendencia, había leído que, por la voluntad sóla, el hombre puede superar el pecado, pero igual como todo acto humano, llega a ser meritorio que si Dios lo acepta y lo quiere así. ¿Pero si la voluntad del hombre falla? Entonces no hay nada para ayudarlo a levantarse, porque la razón es ineficaz y la gracia no está concebida como un principio sobrenatural elevando las fuerzas espirituales del hombre hasta el plan de la justicia divina. Queda entonces un Dios caprichudo, dando o negando su gracia y su perdón por motivos que escapan a toda lógica, y frente a El un hombre desarmado, inerte y pasivo en la obra de salvación. El destino aparece como regido por la mecánica helada de un despota a los ojos de quién nada tiene mérito. Aquellas tesis de las cuales Lutero se encarnizaba a encontrar la confirmación en algunos pasajes de san Pablo y de san Agustín, correspondían demasiado a lo más profundo de su conciencia que experimentaba tan fuertemente la vanidad de todos los méritos. Sobre varios puntos, debía permanecer toda su vida ockhamista, a pesar de negar el voluntarismo que enseñaba la escuela, rechazando la libertad humana, dándole una resonancia de predestinación que no tenía en el pensamiento del maestro. En todo eso, nada le podía devolver la paz del corazón. Unas influencias más apaciguadoras se ejercieron sobre él. Había leído místicos, especialmente los alemanes del fin de la Edad Media, principalmente Tauler. Les encontró también elementos que tendían en negar la importancia de las obras exteriores, a apartar el libre albedrío del hombre, y otras que exaltaban el papel de la fe en Cristo Redentor. Que el hombre deba abrirse a la acción de Dios, sufrirla y no hacer nada para resistirla, era una de las ideas claves de la "Theologia Germanica". Por otra parte, Staupitz, que quería sanar aquella alma devastada, había ido en el mismo sentido revelandole la dulzura del amor de Dios, el soberano abandono a la Providencia. La vida divina a la cual aspiraba, no serían ni las sutilidades de la escuela, ni las practicas rituales las que se la darían, pero sólo el impulso del alma creyente, la piedad que brota de lo más secreto del corazón. "El verdadero arrepentimiento empieza por el amor de la justicia y de Dios"; cuando penetró aquella fórmula de su Vicario general, el jóven monje se sintió como liberado de una parte de su carga, en camino hacia una luz nueva. Había aparecido que de todos lados, ideas, argumentos, referencias bíblicas habían acudido para confirmar aquella doctrina y "bailar una ronda a su alrededor". | ||
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